Pánico a lo crónico

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Tengo mucho miedo, pánico diría, a enfermar. Tengo pánico a la amenaza de lo crónico desde que, a la vuelta de mi primer gran viaje en 201o un problema digestivo me acompañara durante más de un año. Fue un tremendo lastre físico de consecuencias psicológicas mucho mayores. Tal como vino, sin presentarse ni decirme exactamente qué era, se fue. Muchos, demasiados meses después.

Tras ello, cada vez que sufría cualquier pequeño problema que en otras circunstancias no hubiera tenido la mayor importancia (como por ejemplo el típico kebab que te sienta mal y al día siguiente te recuerda en la taza del WC lo importante que es comer ver bien), mi cabeza se ponía de nuevo alerta.

“Otra vez”

“Ha vuelto”

“No me curé del todo”

Esa “defensa” de la cabeza se convertía, involuntariamente, en un ataque al cuerpo. Que llegaba en ocasiones incluso a creerse el problema que la cabeza había escogido unilateralmente.

Tuvieron que pasar tranquilamente varios años (¿2? ¿3?) hasta poder, literalmente, cagar de nuevo tranquilo sin instantáneamente echar un vistazo a la “mercancía” para hacer un rápido análisis a ojo que solía llevar, si esta no cumplía con el formato estándar, a un “ha vuelto de nuevo”.

En ese tiempo, por suerte, tuve épocas en las que aprendí a vivir con ello y ha responderle (responderme) un “ya se irá” a ese malnacido “ha vuelto”.

Esta historia vino ligada a la idea de “estando así no puedes hacer todo lo que te gustaría”. En ocasiones era cierta, pues pesando 54 kilos y con una gran sensación de debilidad, dolor y cansancio muchas cosas no estaban a mi alcance. Pero otras el problema residía más en el plano mental, muy enquistado a consecuencia del físico.

Volviendo al presente.

Este año, cuando vivía una de esas épocas de más ganas de viajar de los últimos años (porque a veces uno se cansa y quiere parar aunque sea a cuidar una perra en Japón), me tocó volver a pasar por el hospital por un grave problema pulmonar.

Los primeros episodios de esta nueva serie llevaban por título “Qué coñazo y qué dolor, a ver si pasa rápido”, para luego ser rebautizados a “Joder, no…6 meses mínimo no. Otra vez no puedo hacer lo que quiero”.

Ahí, el cajón del pánico a lo crónico se volvió a abrir.

“Esta cicatriz me dolerá para siempre”

“¿Volveré recuperar mi capacidad pulmonar?”

“¿Serán 6 meses suficientes para recuperarme”?

“¿Seguirán ahí estás ganas de viajar cuando todo esto sea una anécdota más?”

No ha sido nada fácil pasar a este parón tras un épico viaje por Oceanía en el que volvía a hacer lo que me apetecía. Pero, tras más de 6 meses de espera, las ganas de comerme el mundo (y en especial Filipinas) siguen ahí.

Puse rumbo de nuevo a Filipinas con la fortuna de empezar con un vuelo en salida de emergencia y otro en Clase Business, ambos a precio de asiento barato. El destino parecía decirme “Bienvenido de vuelta, ponte cómodo que esto va a molar de nuevo“.

Pero no pasaron muchos días para que mi cuerpo reaccionara ante algo. Vete tú a saber qué. Presión en el pecho, cansancio, garganta inflamada…

Y el miedo vuelve a estar ahí. Agarrándome fuerte. En silencio. Sin saber si mañana se va a ir y todo habrá sido, una vez más, algo pasajero. O quizá quiere acompañarme un tiempo. Sin saber si seré capaz de librarme de él.  Sin saber si mi cuerpo se reajustará una vez más, zanjando del todo lo que ahora me pasa.

Y tengo miedo. Tengo mucho miedo porque no merece ese protagonismo. Me lo merezco yo y me lo merezco mucho, muchísimo. ¡Me cago en el puto karma de tanto que lo merezco!

Y me da pena e impotencia y me caen las lágrimas por ello. Porque sea cómo sea, esto es un pérdida de tiempo absoluta. Si se va ir y va a pasar: no merece esta atención ni yo este sufrimiento. Si se va a quedar para joderme una vez más, sinceramente, me vuelvo a cagar en el karma.

Ojalá escribir esto sirva para leerlo en unos días y poder constatar en tiempo real cuanto daño puede hacerse uno mismo con la mente. Ojalá…

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